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El tiempo es curvo y, si la masa de un cuerpo es suficiente, puede llegar a ser circular. A veces nos gusta imaginarnos en danza en esa idea del tiempo, donde todo puede llegar a ser simultaneo y pasado, presente y futuro pueden ser intercambiables. La simultaneidad era la gran teoría que obsesionaba a Shevek, el protagonista de Los desposeídos, de Ursula K. Legin. Claro que también puede ser una sensación inducida por la edad tardía, como les pasa a los personajes de los últimos relatos de Claudio Magris (Tiempo curvo en Krems). A uno de ellos le llegan noticias de que una adolescente de la que la que todo su curso estaba enamorado, pero con la que nunca cruzó una palabra, anda diciendo lo contrario: que recuerda muchísimo al protagonista, que lo conoció muy bien y que le ha tenido siempre mucho cariño. Pasó una cosa y la contraria, pues así son las paradojas del tiempo...