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Manuel

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Manuel
 Zotlandia last edited: Fri, 13 Dec 2019 11:43:27 +0200  
Es realmente meritorio el intento del autor de este pequeño ensayo (Josef Estermann, filósofo y teólogo) de entroncar el pensamiento quechua con la filosofía griega, es decir, la occidental. Mas, cuando se lee, se entiende que el simbolismo analógico entre macrocosmos y microcosmos de este pueblo, casi perdido en las neblinas de la Historia, no habla sino del Ser y No Ser, justamente la gran cuestión, hoy olvidada,  que dio pie al nacimiento de nuestra filosofía.

Tratándose de una de las vertientes del “pensamiento indígena” de Abya Yala, el “pensamiento quechua” no se limita a la época histórica del Tawantinsuyu, sino que sigue existiendo, en forma más o menos sincrética y clandestina, durante la Colonia y la vida republicana de los nuevos Estados en el ámbito andino.


El pensamiento quechua

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Hablando de “filosofías indígenas” en general, o de “filosofías andinas” en particular, la Academia filosófica tiende a cualificar este tipo de filosofía como “pensamiento”, “etnofilosofía”, “cosmovisión” o simplemente “sabiduría”. Como cualquier filosofía, se trata de filosofías contextuales, y el contexto en este caso es sobre todo de tipo cultural, étnico y religioso. Es cierto que en el caso del pensamiento quechua (o de la “filosofía quechua”) no existen textos históricos de primera mano, no hay autoría individual y no existen instituciones de elaboración y difusión del saber filosófico (universidades, institutos).

Sin embargo, desde una perspectiva intercultural, se trata de un pensamiento filosófico, distinto a la tradición occidental dominante, e incluso distinto de la gran mayoría de corrientes filosóficas de América Latina. Esta alteridad filosófica y sapiencial no debe de ser una razón por la que se la excluya del universo filosófico.

(...)

El principio básico de relacionalidad se manifiesta a nivel cósmico como correspondencia entre micro y macrocosmos, entre lo grande y lo pequeño. El orden cósmico de los cuerpos celestes, las estaciones, la circulación del agua, los fenómenos climáticos y hasta de lo divino tiene su correspondencia (es decir: encuentra ‘respuesta’ correlativa) en el ser humano y sus relaciones económicas, sociales y culturales. El principio de la correspondencia cuestiona la validez universal de la causalidad física; el nexo entre micro y macrocosmos no es causal en sentido mecánico, sino simbólico-representativo. Por lo tanto, los ‘fenómenos de transición’ —que son chakanas o “puentes cósmicos”— como los cerros, las nubes, el arco iris, los manantes, los solsticios y los cambios de luna tienen un carácter numinoso y sagrado. El ser humano representa mediante actos simbólicos lo que pasa en lo grande, asegurándose de esta manera de la continuidad del universo y de la perduración del orden cósmico.